Sacerdotal

La vocación sacerdotal

La vocación sacerdotal es la llamada que Dios hace a algunos hombres a participar en el sacerdocio de Cristo y unirse a Él para servir y guiar, en calidad de pastores, a la comunidad cristiana; con la palabra y la gracia de Dios (OT 2, LG11).

Por ello, el sacerdocio es un don de Dios a la Iglesia y al mundo. Y para el propio sacerdote es camino para santificarse y llegar al cielo.


Es un hombre que ha recibido el Sacramento del Orden. Este sacramento lo consagra y lo configura con Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo. De esta manera, el sacerdote participa del sacerdocio de Cristo y de su misión salvífica, como colaborador del Obispo. Así, es en la Iglesia y en el mundo un signo visible del Amor misericordioso de Dios.

Ello sucede mediante la oración de la Iglesia y por medio de la imposición de manos de un Obispo que, además, unge las manos del nuevo sacerdote con el perfume del santo crisma.

El sacerdote está llamado a actuar en nombre y en la persona de Cristo. Esta misión se concreta en:

  1. Ser Pastor de los fieles. Ejerciendo con humildad de guía autorizado y viviendo una fecunda paternidad espiritual
  2. Predicar el evangelio. Siendo maestro de la Palabra
  3. Administrar los sacramentos, mediante los cuales Dios actúa en el mundo

Con todo, el sacerdote está llamado a ser un discípulo y misionero enamorado del Maestro, un pastor “con olor a oveja”, que vive en medio del rebaño para servirlo y llevarle la misericordia de Dios.

El Sacerdote está íntimamente unido a Cristo hasta tal punto que es y actúa “en el Nombre de Cristo” por la fuerza de la unción del Espíritu Santo.

Esta unión:

  • Nace de un llamado gratuito de Dios. No es un mérito propio ni una elección de una comunidad.
  • Configura a Cristo Sacerdote, Profeta y Rey. Así, el sacerdote participa de la autoridad con la cual Cristo mismo hace crecer, santifica y gobierna su cuerpo (cf. PO, 2).
  • Hace que la actuación del sacerdote sea un verdadero servicio, totalmente referido a Cristo y a los hombres. El sacramento de la Orden comunica «un poder sagrado», que es el de Cristo. Por lo tanto, el ejercicio de esta autoridad tiene que medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y servidor de todos (cf. CIC, 1551).
  • Implica una lucha para dar buen testimonio con su vida, conformándola a la de Cristo. El obispo que lo ordena le dice: «Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido hecho mensajero; y cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas» (Ritos de Ordenación).
  • Comporta el abandono total a Cristo, para que sea Cristo quien actúe por medio de él. De tal manera que el sacerdote no quiera imponer su estilo o su voluntad.

Porque así lo ha querido Jesucristo al instituir su Iglesia. Es el mismo Cristo que ha querido que se celebre la Eucaristía y se dé el perdón de los pecados y la unción de los enfermos a través del sacerdote. “El carácter sacramental que los distingue, en virtud del Orden recibido, hace que su presencia y ministerio sean únicos, necesarios e insustituibles” (Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes, Jueves Santo 2000).

Que ayude a las personas a encontrarse personalmente con Dios. Ya sea entre niños o jóvenes, entre matrimonios o abuelos busca llevar a todos la sabiduría del Evangelio para sembrar su luz y su verdad.

 “Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado por Dios. Quien cree reconocer las señales de la llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido” (Catecismo, 1578).

A cada sacerdote se le asigna fundamentalmente una comunidad parroquial pero además puede asumir algunas tareas complementarias según le indique el obispo. Algunas pueden ser: atender a enfermos en hospitales, celebrar entierros en tanatorios, dar algunas clases de religión en escuelas o institutos, apoyar centros de asistencia a marginados, dedicarse al estudio e investigación académica etc. Pero mayormente será viviendo en la parroquia donde el sacerdote ejercerá su ministerio celebrando el misterio de la fe y acompañando, en nombre del obispo, la vida cristiana de la feligresía que le ha sido encomendada. 

Hay dos tipos fundamentales de sacerdotes. Por un lado, está el sacerdote llamado “secular” que desempeña sus funciones en la parroquia que el obispo diocesano le asigna. En la parroquia está toda la vida cristiana de los feligreses que la forman: niños, jóvenes, adultos o ancianos. Allí el sacerdote les asegura la acogida, el nacimiento y progreso en la fe, su formación, su paternidad, una familia y celebrar el misterio pascual núcleo de la esperanza cristiana. Su espiritualidad está enraizada en la vida de los Apóstoles y, por ello, tiene una vinculación espiritual estrecha como colaborador de su obispo y unido a su presbiterio.

Por otro lado, está el sacerdote “regular” que vive con un determinado carisma transmitido por alguno de los numerosos fundadores de Órdenes religiosas. Son personas que normalmente antes han visto su vocación a la vida consagrada y una vez ahí han visto -dentro de esta vocación a la vida consagrada- la vocación sacerdotal. Con lo que su sacerdocio está al servicio, normalmente, de dicha Orden religiosa y no depende directamente del obispo diocesano. Así, su sacerdocio queda vinculado vital y espiritualmente a su fundador y a su Orden. Este sacerdote vive en una comunidad religiosa según una regla de vida y las constituciones establecidas por su fundador. Desempeña su misión en campos que pueden ser muy variados: desde la colaboración en parroquias hasta las cárceles, los hospitales, escuelas o universidades, tareas científicas o entre los más pobres.

Si, muchos santos de la Iglesia Católica se han entregado a Dios siendo jóvenes o muy jóvenes. Por ejemplo, Santo Domingo Savio falleció con 15 años, Santa Teresa de Jesús con 15 años entró al convento, San Luis Gonzaga vió la vocación a los 15, su familia no le dejó entrar hasta los 18 y murió a los 23, y como ellos muchos más. 

Dios llama cuando quiere y como quiere, y cuando llama poco importa la edad. No existe una edad perfecta para la entrega. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para corresponder a su llamada.

Por ello, ser muy joven no es motivo para retrasar la entrega a Dios. De hecho, la juventud es la época del amor. Cuando se es joven, se está menos maleado o desencantado, menos mediatizado por el egoísmo. Así, en la juventud el corazón es más libre para el amor, tiene grandes sueños, grandes deseos de amar y mejorar el mundo.

De hecho, en muchas ocasiones el primer atisbo de la vocación se da en la niñez o en la adolescencia. Por eso, nunca hay que ahogar estos generosos impulsos del amor que piden hacer de la propia vida una entrega amorosa sirviendo a Dios y a la humanidad.  

Esto no significa que haya que precipitarse. Cada época tiene su gracia y la vocación ha de ir madurando conforme a la edad. Por ejemplo, al Seminario Mayor -lugar para empezar a formarse para ser sacerdote- no se puede entrar hasta los 18 años. Y los 7 años que dura -aproximadamente- es tiempo de discernimiento y maduración de la vocación. 

Es bueno que si sientes la llamada de Dios hables con tus padres y con un sacerdote que te conozca para ir madurando esta posible vocación mientras vas creciendo.

Sí! En la diócesis de Barcelona hay dos grupos. El Grupo Samuel para menores de edad y el Grupo Sígueme para mayores de edad. Son grupos de acompañamiento y discernimiento en los primeros pasos de una posible vocación. Puedes contactar a través de tu sacerdote de referencia o directamente a través del mail: vocacions@arqbcn.cat. También hay sacerdotes a tu disposición para hablar de la vocación y acompañarte.